Por qué un CEO de 154 mil millones de dólares acaba de respaldar quitarles el derecho al voto a la mayoría de los estadounidenses
Una propuesta respaldada por el multimillonario CEO de Shopify para ponderar o restringir los derechos de voto según cuánto impuesto sobre la renta paga una persona ha provocado un debate más amplio sobre el dinero, el poder y la democracia. Los comentaristas sostienen que vincular el sufragio a las contribuciones fiscales consolidaría el gobierno oligárquico, evocaría los impuestos de capitación históricos y, en la práctica, privaría de derechos a los pobres y a muchos jubilados, aunque algunos lo exploran como un experimento mental sobre los “contribuyentes netos” y el gasto público. El intercambio se amplía hacia preocupaciones sobre la creciente radicalización política de las élites tecnológicas, la influencia desproporcionada de la riqueza extrema y si limitar el derecho al voto corre el riesgo de empujar a las sociedades hacia el autoritarismo e incluso hacia un conflicto violento.
Reacción a la idea del voto ponderado por impuestos
- Muchos ven la propuesta (menos o ningún voto para las personas que no pagan impuesto sobre la renta; más votos para quienes ganan más) como intrínsecamente antidemocrática y “repugnante”, porque vincula el poder político con la riqueza en lugar de con la igualdad de las personas.
- Algunos la consideran interesante como experimento mental, especialmente en torno a jubilados y “contribuyentes netos”, pero aun así inaceptable para cualquier democracia real.
- Unos pocos argumentan que en realidad podría perjudicar a las coaliciones actuales de derecha (por ejemplo, muchos de los que no pagan impuesto sobre la renta son jubilados y pobres rurales), pero otros responden que cualquier sistema real estaría diseñado para evitar despojar de derechos a los poderosos.
Democracia, derechos e historia
- Fuerte defensa de “una persona, un voto” como núcleo de la democracia moderna; quitar votos se presenta como una puerta de entrada al totalitarismo o a una violencia eventual.
- Otros señalan que las democracias históricas a menudo tenían requisitos de propiedad o impuestos, pero los críticos responden que esos sistemas produjeron abusos graves (impuestos de capitación, exclusiones raciales).
- Algunos sostienen que distinguir quién puede votar es filosóficamente discutible; otros dicen que, dada la historia de abusos, esas distinciones deberían considerarse fuera de límites en la práctica.
Poder, riqueza y conflicto de clases
- Hay un sentimiento generalizado de que la riqueza extrema ya compra una influencia política desproporcionada mediante lobby, donaciones, propaganda y control de medios/plataformas.
- Muchos enmarcan la propuesta como parte de una “guerra de clases” más amplia en la que los ricos buscan formalizar su dominio existente y debilitar a la clase media y trabajadora.
- Algunos piden una tributación más fuerte sobre la riqueza, la herencia o las ganancias no realizadas; otros sugieren lo contrario: limitar beneficios a quienes no contribuyen, pero se les critica por crear una subclase permanente sin derechos políticos.
Preocupaciones prácticas y casos límite
- Surgen preguntas sobre qué cuenta como “pagar impuestos”: impuesto sobre la renta frente a nómina, ventas, propiedad e impuestos corporativos.
- Se señala que muchos ultrarricos declaran poco o ningún ingreso imponible y podrían reestructurarse fácilmente para cumplir umbrales mínimos de voto de “contribuyente”.
- Preocupaciones por abusos fáciles: los gobiernos o empleadores podrían manipular el estatus fiscal (por ejemplo, eximiendo a ciertos grupos) para quitar en silencio derechos de voto.
Opiniones sobre los multimillonarios de la tecnología y las plataformas
- Son frecuentes las afirmaciones de que la riqueza extrema atrae o amplifica tendencias sociոպáticas y elitistas; el dinero más las redes sociales dan un alcance desproporcionado a malas ideas.
- Algunos destacan que muchas personas ricas permanecen calladas y son filantrópicas, pero los extremistas más ruidosos dominan la percepción.
- Unos pocos sugieren dejar de usar la empresa del CEO o competir con ella como respuesta; otros ven eso sobre todo como algo simbólico.